13- Charlar se volvió un lujo
Hace unos días tuve un momento de furia en el trabajo y me arrepentí. Nada como Michael Douglas en la película del mismo nombre (que en realidad en inglés pierde un poco la gracia porque no es "Un día de furia" sino "Falling down", algo como "Cayendo") pero me enojé porque parece que las personas no leen lo que uno escribe y en un mundo donde todo ahora es a través de mensajes, es sumamente necesaria la comprensión lectora (que no existe, pero eso es tema de otro post, y tampoco fue este el caso).
Después se me pasó y me arrepentí porque la persona en cuestión que no entendió lo que escribí es una persona muy linda. Y no se merecía mi enojo (aunque nunca se enteró). Y si hubiéramos charlado, nunca hubiera existido el enojo. Ni el malentendido.
"¿Por qué no hacés una reunión y conversan?", me dice mi compañera. Y fue automático, se me pasó el enojo porque todo lo que yo quería era tener un tiempito para conversar con esta persona. Porque me gusta conversar con ella y porque aprendo un montón de su experiencia.
Dirán que soy una loca y que yo no me hice entender; puede ser (pero no). Pasa que me molesta de sobremanera andar mensajeando gente. Me molesta mucho mandar correos que se transforman en cadenas cuando una charla de 10 minutos lo resuelve todo. ¿Saben esa frase de "esta reunión podría haber sido un e-mail"? Bueno, debería existir su contrapartida: este torrente de mensajes podría haber sido una charla de cinco minutos.
Y esto no pasa solo en el trabajo; pasa en la vida. Ya no nos llamamos por teléfono y si te llaman, ya pensás que pasó una desgracia porque ¿para qué te llamarían si te pueden mandar mensaje? Mandamos un "feliz cumple" porque nos es incómodo charlar. Mandamos un "¿cómo estás, perdido/a/e?" porque no queremos realmente tener una conversación y que nos cuenten, solo queremos saber que el otro está ahí, vivo para nosotros, en un intento egoísta de mantener lo que no se mantuvo fuera de WhatsApp.
Y los mensajes...los mensajes son cada vez más escuetos, más chiquitos, más cortados. Y así se vuelven nuestras charlas. Que ya no son charlas. Son eternos devaneos de los otros y de nosotros sobre lo que creemos, pensamos, opinamos y nadie escucha a nadie porque nadie lee a nadie en los mensajes y trasladamos eso a la vida.
Charlar se volvió un lujo porque nos están arrastrando (y los dejamos) al uniteralismo, a no entender cómo funciona ese ida y vuelta de una charla, el famoso te escucho y me escuchás (y no hablo de charlas serias, hablo de cualquier tipo de charlas. Todos quieren ser protagonistas aunque sea de la nada). Y entonces, las charlas se tornan innecesarias. Y paramos de charlar.
No dejen que la charla muera. Apaguen los celus. Apaguen la tele. Apaguen el ruido.
Y charlen.